Erase una vez…

Publicado por Edu Basterra el 1 de abril de 2014 en: Novedades

Infussion. Los primeros años.

Tres festivales de Jazz concursando y tres primeros premios en tres años seguidos. No éramos la banda de fussion más potente del mundo pero los temas de Raúl y Alberto funcionaban bastante bien en directo. Además componían con relativa facilidad, lo cual que en poco tiempo nos hicimos con un repertorio amplio y de bastante calidad. A partir de ahí, carretera. Festivales por la península y fuera de ella; Madrid, Pamplona, Córdoba, Valladolid, Donosti, Vitoria, Durango, Getxo, Ibiza, Palma de Mallorca, etc., y a esto se sumaban las giras de Gontzal Mendibil, a quien, ya os comenté en el anterior blog, solíamos acompañar en sus conciertos.

Así que nos pasábamos el día en la carretera. Con Gontzal recorrimos toda, y digo toda, la geografía vasca. No hubo punto que no pisáramos, desde algún pueblo lindando con Burgos o Cantabria a cualquiera de las tres provincias de Iparralde. Y aquí quiero hacer un apunte: no eran lo mismo los conciertos aquí que al otro lado de la frontera. Pasar al otro lado de la muga y dar un bolo era otro mundo.

infussion tio pete

Con Carlos Zubiaga y Jean Phocas grabando en Tio Pete

En cualquiera de las tres provincias de la Comunidad Autónoma Vasca o Navarra, lo normal era tocar en frontones, ya sea con Infussion o Gontzal Mendibil, el peor sitio para que una banda suene bien. Fue famosa la frase del ingeniero de sonido vasco francés Jean Phocas. Cuando venía a hacernos una sono decía horrorizado ante el papelón que se le venia encima “¿Acaso los pelotaris juegan en teatros?”: exceso de reverb natural por las paredes del frontón, exceso de eco por el rebote con el graderío, corrientes de aire y frio, mucho frio. Y nosotros ni te cuento, intentando escucharnos los unos a los otros sin darle mucha caña al asunto para poder seguir el ritmo y la melodía. A veces teloneando algún grupo punki compartiendo la misma mesa de sonido, es decir, dos sonidos completamente diferentes con los que tenían que lidiar los técnicos. Y nosotros mismos en el escenario con el técnico de monitores, que lo mismo estaba al quite que te dejaba a la quinta canción y se iba a comer un bocadillo. Tocar en esas condiciones te dejaba insatisfecho a pesar de que la gente no parecía muy exigente a la hora de asistir a los eventos musicales. Supongo que no había cultura de conciertos y eso perjudicaba notablemente nuestro trabajo.

Pero pasar la frontera era otra cosa. En Iparralde los conciertos se hacían bajo una carpa lo suficientemente grande para albergar a mil personas, la barra para cenar y beber estaba mejor organizada. La gente escuchaba respetuosamente nuestro bolo y luego, con el grupo de verbenas (nada que ver con los grupos de verbenas de este lado de la muga, los franceses estaban mucho mejor organizados y con mejor infraestructura) la gente parecía divertirse sanamente todos juntos sin el mal rollo que existía en las fiestas de cualquier localidad de Hegoalde, donde a veces yo notaba que se respiraba un ambiente hostil por culpa de la política y del llamado conflicto vasco. Lo mismo te paraban entre canción y canción para largar un panfleto o quemar alguna bandera. En Francia todo era bastante respetuoso y todo el mundo parecía divertirse ante cualquier propuesta por muy diferente que fuera. En cualquier detalle veías que estaban más civilizados que nosotros. Escenario, camerinos, aforo cubierto, equipo de sonido, cenas y hospedaje, calles limpias, todo de calidad, sencillo pero hospitalario. No digo que a este lado no fuera así, pero era todo como muy amateur. Yo siempre agradecía tocar por allí; lo malo era volver a casa y comerte todos esos kilómetros por esa autopista sinuosa en la que no veías una recta hasta llegar a Durango. Para entonces ya estábamos molidos y con sueño.

De estos viajes recuerdo un par de anécdotas. En un control de la guardia civil pasada la frontera y enfilando para el Botxo, nos hicieron descargar todos los instrumentos y el equipo de sonido de la furgoneta. En una hora que estuvimos parados lo revisaron todo, supongo que estaban buscando armas o explosivos, y nosotros no teníamos muy buena pinta que digamos, con un montón de birras y canutos encima. La cosa es que al principio estuvimos muy calladitos, los tipos no estaban para bromas, pero a medida que pasaba el tiempo empezamos a hablar de nuestras cosas y enseguida volvimos a pillar el punto que llevábamos antes de que nos pararan. Mucho vacilón, cachondeo y como siempre poniendo a parir e imitando a tal o cual músico que no nos gustaba. Mira que éramos cabrones. Total que ya nos estábamos partiendo el culo ahí mismo con nuestras cosas delante de los picoletos, así que éstos decidieron dejar por imposible la búsqueda de cualquier indicio de delito y se largaron dejándonos con todo el equipo allí en el arcén, supongo que para joder. De esto puede dar fe Iñaki, del Sentinel, que fue nuestro chófer aquella noche.

La otra, recién pasada la frontera enfilando para Baiona, en un control con los gendarmes franceses. Llevábamos un piedrón para fumar justo encima del cassette del coche que a mí no me dio tiempo de esconder cuando nos pidieron que bajáramos y nos identificáramos. Recé para que no lo vieran, y mis plegarias fueron atendidas. Es en esas cuando íbamos a entrar en el coche despidiéndonos cuando Raúl les dice a los gendarmes, “Es que somos músicos ¿sabe?” “Ah ¿Musicien? Bajen todos del coche y saquen sus pertenencias”. Genial, ahora si que me lo iba a hacer en los pantalones. Pero al final no la vieron, era tan evidente, los tipos estaban mirando en sitios de difícil acceso y no pusieron atención en la repisa de encima del cassette. En un momento de relajo por parte de los agentes entré en el coche para coger un cigarrito y esconder la piedra en el calcetín. El resto del viaje supongo que fue un vacile con el comentario de Raúl. En boca cerrada no entran moscas, que decía mi abuela.

infussion avionLos viajes por la península solían ser divertidos y emocionantes, porque en muchos casos era la primera vez que estabas en algún sitio y que tocabas allí. Y sucedía de todo. Nuestro manager nos había prometido que con él no nos faltaría equipo de primera división en el escenario, pero una vez en Córdoba nos encontramos al llegar una mierda de equipo, y encima ¡no había batería!. Total que Blas Fernández tuvo que acompañar a un paisano a por el instrumento a un pueblo a 40 kmts. de la ciudad. Tócate los huevos. Menos mal que esta vez habíamos llegado con tiempo para ir solucionando los problemas. A cambio, la ciudad nos gustó y decidimos quedarnos allí un par de días. Nos hicimos amigos de gente que vino a vernos al concierto y disfrutamos por las tabernas mientras tomábamos vino y tapas, tocando la guitarra y aprendiendo un poco de flamenco. He de decir que Córdoba es de los sitios más amables y hospitalarios que conozco. Y las mejores croquetas que he comido en mi vida fueron de allí y encima por cuatro perras. Pocos días después me estaban operando de apendicitis en el hospital de Cruces justo antes de un concierto en Palma de Mallorca. Os lo cuento en la próxima entrega.