Erase una vez…

Publicado por Edu Basterra el 1 de abril de 2014 en: Novedades

Infussion. Los primeros años.

Tres festivales de Jazz concursando y tres primeros premios en tres años seguidos. No éramos la banda de fussion más potente del mundo pero los temas de Raúl y Alberto funcionaban bastante bien en directo. Además componían con relativa facilidad, lo cual que en poco tiempo nos hicimos con un repertorio amplio y de bastante calidad. A partir de ahí, carretera. Festivales por la península y fuera de ella; Madrid, Pamplona, Córdoba, Valladolid, Donosti, Vitoria, Durango, Getxo, Ibiza, Palma de Mallorca, etc., y a esto se sumaban las giras de Gontzal Mendibil, a quien, ya os comenté en el anterior blog, solíamos acompañar en sus conciertos.

Así que nos pasábamos el día en la carretera. Con Gontzal recorrimos toda, y digo toda, la geografía vasca. No hubo punto que no pisáramos, desde algún pueblo lindando con Burgos o Cantabria a cualquiera de las tres provincias de Iparralde. Y aquí quiero hacer un apunte: no eran lo mismo los conciertos aquí que al otro lado de la frontera. Pasar al otro lado de la muga y dar un bolo era otro mundo.

infussion tio pete

Con Carlos Zubiaga y Jean Phocas grabando en Tio Pete

En cualquiera de las tres provincias de la Comunidad Autónoma Vasca o Navarra, lo normal era tocar en frontones, ya sea con Infussion o Gontzal Mendibil, el peor sitio para que una banda suene bien. Fue famosa la frase del ingeniero de sonido vasco francés Jean Phocas. Cuando venía a hacernos una sono decía horrorizado ante el papelón que se le venia encima “¿Acaso los pelotaris juegan en teatros?”: exceso de reverb natural por las paredes del frontón, exceso de eco por el rebote con el graderío, corrientes de aire y frio, mucho frio. Y nosotros ni te cuento, intentando escucharnos los unos a los otros sin darle mucha caña al asunto para poder seguir el ritmo y la melodía. A veces teloneando algún grupo punki compartiendo la misma mesa de sonido, es decir, dos sonidos completamente diferentes con los que tenían que lidiar los técnicos. Y nosotros mismos en el escenario con el técnico de monitores, que lo mismo estaba al quite que te dejaba a la quinta canción y se iba a comer un bocadillo. Tocar en esas condiciones te dejaba insatisfecho a pesar de que la gente no parecía muy exigente a la hora de asistir a los eventos musicales. Supongo que no había cultura de conciertos y eso perjudicaba notablemente nuestro trabajo.

Pero pasar la frontera era otra cosa. En Iparralde los conciertos se hacían bajo una carpa lo suficientemente grande para albergar a mil personas, la barra para cenar y beber estaba mejor organizada. La gente escuchaba respetuosamente nuestro bolo y luego, con el grupo de verbenas (nada que ver con los grupos de verbenas de este lado de la muga, los franceses estaban mucho mejor organizados y con mejor infraestructura) la gente parecía divertirse sanamente todos juntos sin el mal rollo que existía en las fiestas de cualquier localidad de Hegoalde, donde a veces yo notaba que se respiraba un ambiente hostil por culpa de la política y del llamado conflicto vasco. Lo mismo te paraban entre canción y canción para largar un panfleto o quemar alguna bandera. En Francia todo era bastante respetuoso y todo el mundo parecía divertirse ante cualquier propuesta por muy diferente que fuera. En cualquier detalle veías que estaban más civilizados que nosotros. Escenario, camerinos, aforo cubierto, equipo de sonido, cenas y hospedaje, calles limpias, todo de calidad, sencillo pero hospitalario. No digo que a este lado no fuera así, pero era todo como muy amateur. Yo siempre agradecía tocar por allí; lo malo era volver a casa y comerte todos esos kilómetros por esa autopista sinuosa en la que no veías una recta hasta llegar a Durango. Para entonces ya estábamos molidos y con sueño.

De estos viajes recuerdo un par de anécdotas. En un control de la guardia civil pasada la frontera y enfilando para el Botxo, nos hicieron descargar todos los instrumentos y el equipo de sonido de la furgoneta. En una hora que estuvimos parados lo revisaron todo, supongo que estaban buscando armas o explosivos, y nosotros no teníamos muy buena pinta que digamos, con un montón de birras y canutos encima. La cosa es que al principio estuvimos muy calladitos, los tipos no estaban para bromas, pero a medida que pasaba el tiempo empezamos a hablar de nuestras cosas y enseguida volvimos a pillar el punto que llevábamos antes de que nos pararan. Mucho vacilón, cachondeo y como siempre poniendo a parir e imitando a tal o cual músico que no nos gustaba. Mira que éramos cabrones. Total que ya nos estábamos partiendo el culo ahí mismo con nuestras cosas delante de los picoletos, así que éstos decidieron dejar por imposible la búsqueda de cualquier indicio de delito y se largaron dejándonos con todo el equipo allí en el arcén, supongo que para joder. De esto puede dar fe Iñaki, del Sentinel, que fue nuestro chófer aquella noche.

La otra, recién pasada la frontera enfilando para Baiona, en un control con los gendarmes franceses. Llevábamos un piedrón para fumar justo encima del cassette del coche que a mí no me dio tiempo de esconder cuando nos pidieron que bajáramos y nos identificáramos. Recé para que no lo vieran, y mis plegarias fueron atendidas. Es en esas cuando íbamos a entrar en el coche despidiéndonos cuando Raúl les dice a los gendarmes, “Es que somos músicos ¿sabe?” “Ah ¿Musicien? Bajen todos del coche y saquen sus pertenencias”. Genial, ahora si que me lo iba a hacer en los pantalones. Pero al final no la vieron, era tan evidente, los tipos estaban mirando en sitios de difícil acceso y no pusieron atención en la repisa de encima del cassette. En un momento de relajo por parte de los agentes entré en el coche para coger un cigarrito y esconder la piedra en el calcetín. El resto del viaje supongo que fue un vacile con el comentario de Raúl. En boca cerrada no entran moscas, que decía mi abuela.

infussion avionLos viajes por la península solían ser divertidos y emocionantes, porque en muchos casos era la primera vez que estabas en algún sitio y que tocabas allí. Y sucedía de todo. Nuestro manager nos había prometido que con él no nos faltaría equipo de primera división en el escenario, pero una vez en Córdoba nos encontramos al llegar una mierda de equipo, y encima ¡no había batería!. Total que Blas Fernández tuvo que acompañar a un paisano a por el instrumento a un pueblo a 40 kmts. de la ciudad. Tócate los huevos. Menos mal que esta vez habíamos llegado con tiempo para ir solucionando los problemas. A cambio, la ciudad nos gustó y decidimos quedarnos allí un par de días. Nos hicimos amigos de gente que vino a vernos al concierto y disfrutamos por las tabernas mientras tomábamos vino y tapas, tocando la guitarra y aprendiendo un poco de flamenco. He de decir que Córdoba es de los sitios más amables y hospitalarios que conozco. Y las mejores croquetas que he comido en mi vida fueron de allí y encima por cuatro perras. Pocos días después me estaban operando de apendicitis en el hospital de Cruces justo antes de un concierto en Palma de Mallorca. Os lo cuento en la próxima entrega.

Erase una vez…

Publicado por Edu Basterra el 18 de marzo de 2014 en: Novedades

Infussion. El comienzo.

Cuando conocí a Alberto Rodríguez y Raúl Sainz de Rozas, militaban en la banda de Gontzal Mendibil, cantautor euskaldún de la corriente de Ez Dok Hamairu que después de grabar dos elepés en la onda de la canción vasca del momento, finales de los 70, había decidido cambiar de estilo y experimentar con el jazz. Con Fran Rubio a las teclas, ya destacando por encima de la mayoría de músicos que andábamos rulando por aquel entonces, la banda la completaban Adolfo García Gorría a la batería y Javi Urréjola al saxo, que había participado en Amas de Casa.

Buscaban un  bajista con inquietudes parecidas y yo andaba por allí, en relación con el mundillo euskaldún al haber tocado con Ruper Ordorika y grabado con Itziar Egileor. Total que de repente me vi rodeado de músicos que entendían el lenguaje del jazz, que es para donde me tiran los dedos cuando no toco rock, dispuestos a intercambiar información con un servidor. En aquel sótano/zulo, vaya usté a saber, de la iglesia de Castillo y Elejabeitia tenía Gontzal Mendíbil su local de ensayo, y en los descansos de su repertorio le dábamos tiza al jazz, con nuestras limitaciones.

Los ensayos duraban hasta las cinco de la mañana. Recuerdo a Gontzal llevándonos a los seis músicos en su Talbot y dejando a cada uno en su casa, a veces de madrugada. Y vuelta a Zeanuri. La verdad es que Gontzal siempre se portó bien con su banda. Nos hicimos muy amigos y pasamos buenos ratos tomándonos la vida en serio pero no tanto y coincidiendo en algunos puntos de vista -siempre ha sido muy espiritual pero con los pies en la tierra- a pesar de que nos gustaba tomarle el pelo con lo de su rollo cantautor, que a veces nos resultaba un poco/bastante meloso para nuestros instintos salvajes. Yo tenía 22 años y los demás músicos eran aún más jóvenes. Gontzal, que tenía 24,  aguantaba con bastante deportividad los envites y lidió con acierto nuestro lado más transgresor.

Poco a poco fui empapándome de líneas y armonías, de ritmos y grooves, experimentando e interactuando sin la presión del compromiso y con todo el tiempo del mundo por delante, rodeado de buenos músicos que dominaban el instrumento y entendían bien el lenguaje de jazz. Puedo decir francamente que si aprendí a tocar jazz y a entender sus formas y maneras fue gracias a ellos.

A medida que pasaban los ensayos y los conciertos, Alberto y Raúl, que se encargaban de las guitarras y de los arreglos de las canciones de Gontzal, empezaron a pergeñar la idea de formar una banda de jazz-fussion, muy de moda por aquel entonces. Por supuesto, yo me apunté al carro enseguida, porque ya se les veía a ambos maneras de buen compositor, a cuenta del trabajo que habían hecho con el repertorio de Gontzal: Una música llena de detalles y matices, que lo mismo podía estar evocando a Genesis o a King Crimson, que a Pat Metheny o Chick Corea. A mí eso me ponía bastante. Podía crear unas líneas de bajo más atractivas que las que estaba acostumbrado a hacer hasta entonces, siempre la pentatónica y poco más.

Victor de Diego, Alberto Rodríguez, Raul S. de Rozas y yo. Manolo Gallardo en representación

           Los primeros Infussion

Total que para abril del 86 ya teníamos una banda de jazz-fussion con temas de Alberto y Raúl que, a día de hoy, todavía me parecen geniales. El nombre se le ocurrió a Alberto en un arrebato de ingenio. Así que durante seis o siete años la carrera de Gontzal Mendíbil y la de Infussion correrían paralelas, ya que aprovechábamos el invierno para dar conciertos y giras y  durante el verano continuábamos con en el show del cantautor de Zeanuri, sin dejar de aprovechar los huecos libres que había en la agenda de éste.

La primera formación: Alberto y Raúl a las guitarras, Víctor de Diego al saxo tenor, Manolo Gallardo a la batería y yo al bajo. En su haber el 1er premio en el concurso de bandas del País Vasco en el Festival de Jazz de Donosti 86. Todos los temas de Alberto y Raúl. No está mal para empezar.

Pronto Víctor de Diego empezó su carrera en solitario y Manolo Gallardo tenía demasiadas responsabilidades –padre de cuatro criaturas y compromisos ineludibles con la Orquesta Sinfónica de Bilbao, de la que cobraba el sueldo- así que Blas Fernández a la batería y Javi Alzola al saxo pasarían a sustituir a los dos que se iban.

Con esta nueva formación comenzaría una etapa bonita y excitante. La banda cogió muchas tablas ya que se mantendría estable durante mucho tiempo, cuatro o cinco años. Teníamos sonido propio y desparpajo en escena, quizás demasiado para lo “seria” que seguía siendo esa música en los círculos de entendidos. A mi entender lejos de los grandes a los que pretendíamos emular, pero las composiciones de Alberto y Raúl eran francamente buenas, y disfrutábamos mucho tocándolas en los bolos.

Dio como fruto dos premios más; mejor banda de jazz fussion en los concursos del Festival de Jazz de Getxo en el 87 y en el Festival de Jazz de Ibiza en el 88. Y van tres seguidas. Esto nos proporcionó prestigio y pasaporte para algunos bolos y alguna que otra gira. En el siguiente capítulo os contaré el punto que llevábamos cuando nos poníamos en carretera.

Blas Fernández, Alberto Rodríguez, Javi Alzola, Raul S. de Rozas y yo.

Blas Fernández, Alberto Rodríguez, Javi Alzola, Raul S. de Rozas y yo. Infussion en Roma, aeropuerto de Fuimicino.

 

 

 

Erase una vez

Publicado por Edu Basterra el 4 de marzo de 2014 en: Novedades

¿Analógico o digital?

 Lo tengo claro desde hace tiempo: me gustan más los discos de antes del 75 que desde entonces. El sonido de las producciones musicales dejó de entusiasmarme, salvo casos puntuales, debido a la sobreproducción de las canciones, que pareció arrancarles el alma que yo sentí en algunas piezas años atrás. Han pasado treinta y tantos años desde que comenzó la tiranía de lo digital, aquellas reverbs hinchadas hasta la exageración, unas puertas de ruido que no dejan pasar una pequeña cola, unos planos de guitarras y teclados pegados a tu nariz, una total y absoluta automatización del proceso que llegó a deshumanizar la música…¿es esa la sensación que tienes cuando ves a una banda tocar a 5 metros de ti? Ni de coña. La mayoría de la música que se emite está sobreproducida.

Mi primer contacto con un estudio. En Donibane, finales de los 70

Mi primer contacto con un estudio. En Donibane,  finales de los 70

Por supuesto, cuando comenzó la era digital fui el primero en quedarme extasiado con la evolución del sonido en las producciones musicales. Por aquel entonces mis amigos de Infussion, banda en la que militaba mediados de los 80, y yo, nos pasabamos el día, o más bien los viajes que compartiamos, escuchando discos de fussion porque nos parecía que tenían el sonido perfecto. Pero acabó por aburrirme del todo, el sonido y las canciones. Eran grandes intérpretes con pasajes complejos bien resueltos pero… llegabas a casa, ponías Kind of Blue, Machine Head o Abbey Road y comprendías al instante qué tenía magia y qué no la tenía. ¿Cómo conseguir ese sabor añejo analógico para tus canciones, sin renunciar a lo digital? Aquí está la madre del cordero.

Cómo hacer para sonar como las grandes producciones de hace 40-50 años, que es a donde he querido ir siempre con mi sonido. Es innegable (yo me resistí al principio y discutí mucho sobre esto con Iñaki Antón “Uoho”, productor y guitarrista en Platero y Tú y Extremoduro) que el proceso digital es más rápido, más económico y te ofrece infinidad de posibilidades a la hora de crear. Por lo tanto para mí en estos momentos es impensable producir de otra manera que no sea digital, a no ser que haya intención y presupuesto específico. Me explico: ahora sería mucho más caro. Para empezar, cada bobina de cinta magnetofónica valía una pasta, dependiendo de la anchura en pulgadas. Por el mismo precio, tienes discos duros en el que caben mil bobinas como esas. Y luego, rebobina ó avanza, rebobina otra vez, espera, huy, no he marcado el punto. Vaya hombre, se nota el pinchazo, habrá que grabar la toma entera. ¡Aibá! hemos grabado la voz encima de la gaita. Joder, pues el tío vive en Unquera…Todos estos inconvenientes de lo analógico acababan por minar tu capacidad de creación al cabo de las horas. En digital lo automatizas todo y todo se muestra ante ti en cuestión de segundos. Además está el ritual de cada día. Desmagnetiza el multipistas, limpia con alcohol los cabezales, ajusta el azimut, rebobina las cintas hasta el principio, quita una, pon la otra, etc. De los técnicos ya hablaremos otro día.

Otro asunto importante es la mezcla. Aquí lo digital cobra un peso y una dimensión definitiva. Poder mezclar sobre la marcha a medida que añades nuevos recordings te permite recordar y registrar todos y cada uno de los movimientos del proceso de grabación. En analógico esto era imposible. Cuando terminabas de grabar todos los instrumentos y te ponías a mezclar, tenías que preparar la mesa de tal manera que ya no podías añadir ningún recording más; al configurararla para la mezcla no había marcha atrás. Normalmente se dejaban tres días enteros para las mezclas de 10-15 canciones.

Todo un mundo de colores y frecuencias que tienes que ordenar y combinar para que llegue a los oídos en forma de sentimiento auténtico, tangible y poroso, amable o arrebatador, concreto y abstracto a la vez…o sea, con vida propia. Casi ná. Cuánta responsabilidad cuales dioses de barrio creando vida en los sótanos del dolor y la alegría. Para que luego digan que esto es fácil. Y una bosta.

Cuando se mezclaba en analógico, era emocionante ver a dos o tres personas coordinando sus movimientos con los faders de la mesa a medida que la canción avanzaba y se mezclaba en tiempo real. Pon eco, quita reverb, la pandereta no se oye, los coros están altos, abre las pistas 7 y la 9 cuando entre el solo, etc. Hala, vuelta a empezar, que nos hemos equivocado de botón, que no era ese, que era el otro. Si se había capturado el sonido de tu banda en una sala decente con una buena mesa analógica, la mezcla ya era amable de por sí, solo tenías que limar algunas asperezas y vigilar los planos. Esto no pasa en lo digital. Aquí puedes afinar tanto que se te va la olla y a veces pasas por alto la sustancia impregnadora que tiene lo analógico, más cálida y orgánica, para empastar al resto de la banda. En digital puedes multiplicar tus pistas sin límite. En analógico te las tenías que arreglar con cuatro, ocho, dieciséis, y en el mejor de los casos, venticuatro pistas para convertirlas en un estéreo listo para la audición definitiva.

Creo que a estas alturas lo digital ha evolucionado lo suficiente para imitar la calidez de lo analógico. De hecho todo lo que he producido en estos 15 últimos años ha sido de esta manera pero siempre intentado imitar el sonido que más he perseguido y que pareció concentrarse entre el 67, cuando Pepper revolucionó el proceso de grabación y el 75. Honky Chateau, Over Nite Sensation, Roxy & Elsewhere, Chicago III y V, Red y Lizard, House of the Holy, Close to the Edge, Court & Spark, Brothers & Sisters, Billion Dollar Babies, Exile on Main Street… no he vuelto a escuchar ese sonido. Ahora parece que se ha vuelto a pillar ese punto y vuelvo a sorprenderme con algunas bandas. Afortunadamente hemos vuelto a lo orgánico y lo natural. No es tan espectacular pero me sabe más rico.

Erase una vez

Publicado por Edu Basterra el 11 de febrero de 2014 en: Novedades

Salones recreativos

Las tiendas de discos no era el único ecosistema donde me movía a gusto. Había otro más insalubre, pernicioso y adictivo: era el de los Salones Recreativos. Locales tipo lonja enorme, a veces subterránea, donde había máquinas de petacos, los famosos pinball; futbolines, billares y ping pong. Todo un mundo de luces, sonidos y olor a sudor y tabaco.

Estaban repartidos por la ciudad aunque su población era parecida en casi todos. Los que jugaban al pinball eran más solitarios, los de los futbolines eran cuadrilla y la gente de los billares siempre con un punto macarra. Era mi visión de entonces, la de un joven imberbe, supongo que nada que ver con la realidad. Me gustaba el futbolín, a pesar de los tíos que paraban la bola con la delantera, y tras unos segundos de suspense, te la metían con un tiro seco y certero con un rápido movimiento de muñeca. Aquello me sacaba de quicio.

jumpinLo mío eran las máquinas de petacos. Podía mostrar un alto nivel de pericia en cuanto les pillaba el truco. Al principio tenías que soltar pasta pero una vez dominada la situación, podías tirarte mucho tiempo sin volver a meter moneda, insert coin. Me las arreglaba para hacer partidas bien por puntos, por especiales o lotería. Totalmente centrado en el juego no me distraía ni con los dibujos de tías macizas que aparecían en el tablero frontal -algunos de ellos verdaderas obras de arte del comic- con motivos que variaban desde deportes y películas hasta personajes de toda índole; y repito, siempre con alguna tía maciza y con muy poca ropa. Está claro que la clientela a la que iba dirigido el juego era masculina.

Hubo máquinas que de tanto usar se les estropeaba algún circuito, de manera que siempre salía el mismo número en la lotería al final de la partida, y te las apañabas para dejar caer la bola al agujero una vez tu marcador quedaba en el número preciso. TAK!!! Ese ruido fuerte y seco me sonaba a música celestial. Otros cinco tiros más para probar tu habilidad con una bola de acero, un plano inclinado y una suerte de obstáculos y pasadizos en donde aprendes a controlar el caos.

En ese maravilloso invento se conjugaban tres grandes disciplinas: La Física, con la que calculabas el peso de la bola, la fuerza y la dirección con la que querías dirigirla y el movimiento de tu cuerpo golpeando la máquina en el momento preciso con un toque ni suave ni fuerte, lo justo para que no te marcara falta o TILT. Las Matemáticas, cuando ibas calculando mentalmente sobre la marcha los puntos que hacías y los que te faltaban para llegar a hacer partida, reflejados en un marcador que se movía con ruedas, una por unidad, decena, centena, etc., y que metían un ruido de campanilla a medida que ibas sumando puntos. Más música celestial. Recuerdo cuando la bola se atascaba entre los bumpers formando un torbellino en todas direcciones. Y por último la Química, cuando necesitabas tirar un escupitajo a la barra que empujaba a salir la bola al tablero y que habían dejado de engrasar. Estas mismas disciplinas se aplicaban en los otros juegos. Ahí si que aprendías Ciencias, coño.

Normalmente todo el mundo convivía pacíficamente, entregado al ocio y la pasión por el juego. Recuerdo un par de conatos de reyerta entre dos bandas rivales, los del barrio tal tratando de salvar alguna afrenta con los del barrio cual, pero nunca fue a mayores. Además, estaba el tipo que regentaba el garito, la mayoría curtidos en peleas y con muy mala ostia, al que no podías andar tocándole los huevos con chorradas. No te cuento cuando te pillaba haciendo trampa o con llaves  de algún recreativo. Bofetón y patada en el culo. Tardabas unos meses en volver por allí, cuando se olvidaban de tu jeta. criterium1

Los salones te ofrecían, además de los futbolines y billares, otros servicios: la máquina de cigarrillos sueltos, que en el sitio dónde yo solía gastar los dineros, te daba uno de marca Yuste, peor todavía que el Celtas, con el papel sin amielar y que sabía mal, por una peseta. La máquina de refrescos, que no era como las de ahora, que pagas y por un agujero te sale la lata. Las que yo conocí eran como una nevera abierta en la que las bebidas, en botellín, iban colgadas de un rail por la chapa. Al meter la moneda quedaba libre una y la cogías. Más de una vez vi a gente que se las bebía con una pajita abriendo allí mismo la chapa, pero sin pagar. Fallo en el diseño.

Y el mejor servicio de todos, la máquina tocadiscos. Otro invento maravilloso, un duro dos canciones. Un ingenioso aparato que te pinchaba los discos por las dos caras, ejerciendo la aguja sobre los vinilos, todos 45 rpm, una presión superior a la normal a efecto de que no se saliera ésta del surco y sonara la pieza entera. Nada que ver con las Juke Box americanas en cuanto al diseño. Más toscas y con poco adorno. Las portadas de los singles y poco más. Pero sonaba de todo, suave, fuerte, melódico y rocanrol, y te ponías al día de los éxitos en otros estilos que no iban contigo. Ahí empezaron a gustarme tipos como Cat Stevens, Dylan, Don McLean, gente que no me atraía, a fuerza de escuchar repetidamente todas las veces que aparecías por allí. Un punto de encuentro interesante, metías tu duro, escuchabas tus dos canciones y todas las demás que los demás ponían, a veces repitiendo las tuyas.

Por aquellos días estaba de moda el Glam, así que sonaban una detrás de otra canciones de Status Quo, Sweet, Alice Cooper, Gary Glitter, Suzy Quatro, Slade, Wings, además de los antes citados. Ya comenté que en estos sitios no había chicas o había muy pocas, así que toda mi actividad sexual, que ya llevaba mucho tiempo despierta, se limitaba a tener ensoñaciones con la portada del single de Suzy Quatro que adornaba el cristal de la máquina de discos. Bajista, guapa y con un cuerpo sexy, enfundada en un traje de cuero que daba pecado de solo mirarlo. Jugar al pinball, hacer partida y escuchar a Slade y los Wings mientras te fumabas un cigarrito (allí no iban a buscarte tus padres) era lo más parecido al paraíso que conocía por aquel entonces.

Perdí interés cuando empezaron a diseñar máquinas más complejas, con muchas chorradas tipo ahora te salen cuatro bolas de golpe, ahora va por un túnel y te sale por vete tú a saber dónde. Los sonidos y los números, digitales. No sacas tú, te sale la bola siguiente dando a un botón, con lo cual no puedes calcular qué potencia darle. Y todas las luces que aparecen en el frontis, donde ves el marcador, se reflejan en el cristal del tablero, y no ves una mierda por dónde va la bola. Y olvídate de cinco bolas por partida. Tres y va que chuta.  Ya no mola. Total que me refugié en el futbolín, a pesar de los tipos que paran la bola, y en el billar americano. Mi interés por las Ciencias permanece inalterable.

Érase una vez…

Publicado por Edu Basterra el 28 de enero de 2014 en: Novedades

Las tiendas de discos

Si hay un ecosistema donde me he sentido a gusto es en una tienda de discos. En Bilbao, en los 70, había muchas tiendas repartidas por la ciudad: Vellido, en la plaza elíptica, que tenía en la parte de abajo venta de instrumentos; Quintana, justo a la vuelta de la esquina, a 20 metros; Tango, donde te tumbabas en un sofá para escuchar el disco que querías oír mientras te comías unos caramelos que había en unos tarros; Oxford, en un soportal de Colón de Larreátegui; Power Records, en frente del cine Capitol; Fancy, en Iparraguirre, donde nos reuníamos los amantes de lo sinfónico; Universal, en Ledesma y otras muchas más, algunas realmente especializadas en estilos muy concretos, que ahora no me vienen a la memoria, y también las grandes superficies El Corte Inglés, Galerías Preciados y Simago, por citar tres importantes.

Jon Barrasa de Power Records.

Jon Barrasa de Power Records.

Sin embargo, no todas eran iguales en cuanto a decorado, iluminación y mercancía. No era lo mismo buscar en Galerías Preciados que en la tiendita de la esquina. Éstas últimas solían tener una iluminación más tenue, quizás para concentrarte mejor en la búsqueda del álbum en la estantería, y unas paredes abarrotadas de pósters y portadas de discos míticos. Podías encontrar a los Beatles en cualquier local, pero no todos tenían lo mismo. A veces para dar con tal o cual artista tenías que preguntar y buscar con más precisión. No todas las tiendas se nutrían del mismo almacén. Y es aquí donde entra el factor humano: el responsable del negocio, ya sea empleado o propietario, que te va poniendo al día de lo último que está sonando en Londres o Nueva York, que te guarda el único ejemplar que ha conseguido de una banda que él sabe que te gusta y que sabe que no tienes, siempre en base a tu categoría como cliente.

He conocido a varios dependientes, a cada cual más diferente. El inquieto Rafabilly, de El Corte Inglés, siempre puestísimo en todo lo que suene a swing, boogie y rockabilly; Josu, de Oxford, el hombre que amaba a Ava Gardner y tenía la mejor colección de jazz en el botxo. Felipe López, de la Universal, que me guardaba todas la joyas descatalogadas de Zappa, ahora desaparecido en combate; Bolo, del Cotton Fields, que durante mucho tiempo se encargó de montar festivales con lo mejor del panorama español y algún que otro grupo extranjero en la onda folk; Gonzalo Villanueva, de Fancy, en donde nos reuníamos todos los amantes del rock sinfónico poco después de que éste cerrara la tienda al público. Allí, podías conocer a gente interesante como Javi Cámara, dibujante que trabajaría luego en discos Gong, en el Max Center. De Gonzalo, recuerdo su memoria genealógica de las diferentes bandas  y formaciones y sus entronques, derivaciones y divisiones. Preguntarle por tal o cual disco o artista, qué fue de él o similar suponía que te podía machacar a datos y fechas, con un carrusel de detalles que desconocías, hasta que te dejaba exhausto, cuando no fuera de combate. Su casa estaba enfrente del colegio de los Jesuitas, y cada vez que aparecía por allí para escuchar discos que no veías nunca en las tiendas, solíamos bromear imitando a algún profesor de dicho colegio que tuvimos en común. Su trabajo era metódico en cuanto a la clasificación y ordenamiento del género. Cualquier disco que tu compraras en su tienda tenía un pequeño post-it en la esquina en donde te ponía cosas como “Obra maestra” o “Último álbum en el que trabajó fulano o mengano” escrito de su puño y letra, de una manera tan pulcra, que le pedí que me rotulara los créditos de mi segundo álbum como Teddy Baxter “¿Qué sabes de lo mío?”. Por desgracia, tuvo que cerrar el  negocio y ya le echo de menos, a pesar de las conferencias desmedidas que te daba. Un buen tipo, amante de la música rock en general. Así han sido algunos titulares en este negocio, unos fríos y distantes y otros amables, generosos y dicharacheros. No diría que llegara a la figura de confesor, pero por ahí. “Llévatelo, lo escuchas en casa y si te gusta me lo compras” era una frase habitual si conseguías cierto grado de confianza con el dueño. Por supuesto, si no lo comprabas, lo tenías que devolver impecable, por dentro y por fuera.

Jorge en Flamingo Records.

Jorge en Flamingo Records.

A fecha de hoy, que yo sepa, quedan ya muy pocas tiendas de discos que resistan el paso del tiempo, pero hay dos que quiero mencionar en particular, y que me perdonen los demás si he olvidado mencionar las suyas. Una es Power Records, en la calle Villarías, que ha sufrido varias transformaciones: ha vendido ropa y cómics, además de haber estado en dos sitios diferentes en la misma calle, pero sin dejar de vender música. Jon Barrasa es el que maneja el cotarro, que empezó en la Universal y acabó en Power Records, donde lleva ya mucho tiempo, y que también está muy puesto con el asunto del jazz. Siempre cordial, conoce tus gustos y trata de informarte puntualmente de las novedades que pudieran interesarte. Puedes llevarle tus propios CDs para que te los ponga a la venta. El otro sitio es Flamingo Records, en la calle Esperanza justo al lado del Umore Ona, del que desconocía su existencia hasta hace pocos años que entré para ver lo que tenía. Lo regenta Jorge, otro amante de la música (de hecho ha formado parte de varias bandas) que se resiste a desaparecer. Tiene más vinilos que CDs, y si repasas pacientemente sus estanterías puedes encontrarte con más de una joya en perfecto estado. A veces solo entro ahí para comprobar que no soy el único que piensa que si se hizo algo interesante en el rock, sería hasta el 75. A partir de ahí, sí, hubo cosas, pero con cuentagotas. Una opinión poco objetiva, lo sé.

¿Será difícil ver tiendas de discos dentro de poco? Quién sabe. A veces, lo retro se pone de moda y quizás, volvamos a sentir esa sensación de ver estanterías llenas de discos y de CDs, palparlos mientras buscas un autor o un estilo, bajo la atenta mirada del propietario, dispuesto a que salgas de la tienda con algo bajo el brazo. Para mí, eran como una especie de santuario, en donde podías evadirte durante un par de horas del mundanal ruido, mientras te entregabas a la búsqueda y captura de algún sonido escondido en algún álbum de algún grupo que podrías descubrir y disfrutar durante los siguientes meses de tu existencia.

Como colofón, dos anécdotas, curiosamente las dos en El Corte Inglés. Resulta que yo me había comprado el álbum de Chicago V en la tienda Tango, antes mencionada. En el Corte Inglés, descubrí que el mismo disco llevaba un póster enorme de la banda que no contenía mi ejemplar. No iba comprar el mismo disco que ya tenía, (valían 500 pesetas -tres euros- y me costaba reunir mucho esa cantidad), pero no me apetecía quedarme sin póster, así que decidí mangarlo. Debí de hacer una mala maniobra con el disco, ya que quería meterme el póster debajo del sobaco, con tan mala fortuna que el vinilo se escapó de la funda rodando por todo el pasillo hasta llegar a la sección de perfumería, unos cincuenta metros más allá. Fui corriendo detrás del disco con el brazo pegado al cuerpo porque el póster ya lo tenía debajo del sobaco, y con el abrigo no se notaba. Nadie pareció darse cuenta, ni siquiera los “empleados detectives” que andaban por allí vigilando los robos, así que dejé el disco en su funda y en su sitio y salí por la puerta tranquilamente con el póster debajo del abrigo. Solo fueron 60 segundos, pero me pareció una eternidad.

La otra anécdota es en el mismo sitio. El Corte Inglés me pillaba de camino del instituto a casa, así que los días que salía antes de clase, me pasaba por la sección de discos a escuchar algo para hacer tiempo antes de comer. Por aquel entonces, si tú pedías escuchar un disco, supuestamente antes de comprarlo, tenías que hacerlo cogiendo con las dos manos dos auriculares separados con forma de teléfono antiguo. Es decir, no eran cascos, que te los pones y ya tienes las manos libres. De esta manera tenías que estar apretando continuamente contra tus orejas para poder escuchar la música. Como antes se podía fumar en casi todos los sitios (también en éste), usaba una mano para dar unas caladas al pitillo, que ya serían dos, porque los elepés duraban cerca de 40 minutos. Cuando terminé de escuchar el disco, quise dejar los auriculares en su sitio, pero con la otra mano no pude porque el brazo se me quedó sin riego de sangre al estar tanto tiempo en la misma posición. Recuerdo que llevaba abrigo, jersey y camisa de manga larga y no me los quité para la escucha. ¡Cómo iba a llegar sangre a ningún sitio! Así que tuve que salir con un brazo recogido hacia arriba, porque no lo podía mover del dolor. Estuve disimulando tocándome la oreja y alrededores durante un buen rato hasta que el riego sanguíneo volvió a inundar mi brazo y ya lo pude bajar. “¡Castigo de Dios!”, que diría mi abuela, por haber robado el póster de Chicago V, con el mismo brazo y en el mismo sitio.

Érase una vez…

Publicado por Edu Basterra el 14 de enero de 2014 en: Novedades

Paul

Quietos que os veo venir. Paul es mucho Paul. Pero no siempre me ha parecido así. Por qué eres fan de tal o cuál artista es una cosa que tú no eliges si eres músico. Es el artista y su trabajo lo que te elige a ti. Y yo, como cualquiera de las otras personas de mi generación amantes de la música, caí rendido ante la obra y milagros del cuarteto de Liverpool, en donde nuestro amigo Paul sólo era un cuarto del todo, el guapo que cantaba bien. Y como no podía ser de otra forma, tú eliges quién es tu favorito de los cuatro, aunque seas un crío de 7 años y no sepas nada acerca de la personalidad del tipo al que decides adorar (los dos somos Géminis, quizás sea por eso).

Fue muchísimo más tarde cuando empecé a tener idea de cómo eran, cómo interactuaban y cómo pensaban en realidad cada uno de los Beatles, gracias a toda la información que ha ido apareciendo todos estos años. No diría que Paul fuera el que mejor me podría caer, a veces lo veo cursi, otras demasiado políticamente correcto y vaya usted a saber qué. He oído despotricar contra él a sus antiguos músicos por ser un rata con la pasta. Joder, ya le vale. Incluso él mismo reconoce que a veces puede portarse como un auténtico hijo de puta. Bueno, realmente a mí no me ha parecido un mal tipo, al menos peor que otros, a lo largo de todos estos años. Le ha pasado de todo, ha metido la pata muchas veces y el tiempo le ha dado la razón cuando se tuvo que poner como se tuvo que poner para defender lo que era suyo. Admitámoslo, todo esto se nos escapa a nuestra comprensión porque somos unos mortales cualesquiera y él un famoso entre los famosos. Pero sí podemos ver, apreciar, calibrar en toda su dimensión la obra de cualquier artista, y la de McCartney es enorme y de una gran calidad en comparación con cualquier otro músico. Aunque, vayamos por partes, que aquí hay mucha tela que cortar.

Paul

La razón de estas líneas es el Paul de los Beatles, el otro no me interesa tanto. Y en justicia hay que decir que fue Paul el auténtico motor de los Beatles cuando las cosas se empezaron a poner feas. Cuántas veces se ha dicho que John era el genio de los Beatles, cuando ahora ya sabemos que tampoco era así. John, como Paul, era un tipo talentoso y con una sensibilidad fuera de lo común que cuando aunaba fuerzas se le ocurrían cosas geniales, a veces más por la novedad que por su grandeza. Hasta George y Ringo tenían su punto de genialidad. Bien, hasta aquí ha estado todo fantástico. Pero a partir del 67, y con la desaparición de su manager, los cuatro fabulosos comienzan su deriva particular: John busca a Yoko, George con su mente en la India, lamiéndose las heridas de la escasa atención que se le brindaba como compositor y Ringo, poco a poco entregándose al alcohol y mandándoles a tomar por culo a los otros tres. Realmente, nada que no pase en cualquier otro círculo de amistades a esas edades. La diferencia es que ellos habían estado sometidos a la terrible presión de la fama. Y fue Paul el que les mantuvo unidos un par de años más, proponiendo nuevas ideas, arrastrando a los otros tres al estudio para seguir trabajando, y dando la cara ante los medios, con más o menos fortuna, defendiendo el proyecto, aunque acabó de malo de la peli, y esto no hace justicia. Pero ésta es otra película.

Ahora es cuando os quiero contar lo que más me seduce del Macca: su vertiente artística. Para empezar, es un compositor prolijo y con un registro amplísimo. Capaz de inventar una tonada amable de cabaret, para luego descender a los infiernos con una pieza cruda y pesada o volver a subir a los cielos y hacernos soñar que aún queda esperanza para la humanidad. Los rocanroles, como churros y de todos los colores. Entre tanto, te cuenta las crónicas de asuntos cotidianos y mortales, envueltas en canciones que se convertirán eternas en el momento de su concepción. Y todo esto sin despeinarse, sin dejar de pasárselo de puta madre con los colegas, fumando porros y sin dejar de atender las numerosas peticiones de mujeres dispuestas a todo con tal de pasar un buen rato con él. (¿Envidia? ¡Que vaaaaa!). Además, es uno de los mejores bajistas que ha dado el rock. Los hay muchísimo más hábiles, con una técnica superior y un lenguaje más amplio, pero la mayoría aceptan que Paul McCartney es un referente a la hora de crear. El resto, besamos por donde ha pisado. Míticas son las líneas de bajo inventadas por él –en el Sgt Peppers hay unos cuantos ejemplos por los cuales yo decidí convertirme en bajista- cuando no estamos hablando de un guitarrista y pianista con un gusto excepcional. No se habrá mosqueado a veces George Harrison a cuenta de esto. Y ya no te cuento Ringo, cuando Paul dejaba alguna batería hecha en el estudio en alguna canción en la que Ringo estaba ausente.

Por si no bastara todo eso, resulta que este abuelo de 70 tacos posee una de las voces más brillantes y poderosas que ha dado el mundo del espectáculo. Tiene cantidad de registros, desde un cristalino falsete y un agudo bastante alto, hasta una voz cavernosa y que puede romper como quiere y cuando quiere hasta convertirla en un arma para cortar hierro. “Tiene arena en la garganta” decía su amigo y productor George Martin cuando le oía cantar “Long Tall Sally” o “I´ve got a Feeling”. De la parte más dulce y melodiosa de su repertorio, tiene un montón de canciones que te tocan la fibra al instante. ¿Moña? ¿Por qué lo dices? ¿Porque sigue haciendo canciones de amor y buen rollismo? Paul se esfuerza en parecer un tipo tranquilo y sin ganas de bronca gratuita, y probablemente sea así. Pero no me digas que es un moña un tipo que es capaz de cantar “Helter Skelter” o “I´m Down” como las canta, que parece que se ha comido a tres tipos como Alice Cooper (que a su vez se ha comido a tres tipos como Marylin Manson) para desayunar esa mañana antes de ir al estudio..

En definitiva, tengo bastantes bajistas como referencia, tales como Tony Levin, Pastorius, Peter Cetera, Lake, Wetton, Squire, Mingus, Carter, y una larga lista, a cada cual más bueno, pero Paul fue el primero del que tuve constancia como intérprete y creador de melodías originales para el bajo eléctrico. Y desde entonces, todos estos años, casi inconscientemente, un referente importantísimo a la hora de crear mis propias líneas de bajo. .

Feliz 2014.

Érase una vez…

Publicado por Edu Basterra el 17 de diciembre de 2013 en: Novedades

Fase

Todavía me acuerdo de algunos ensayos del grupo Fase, cuando su local estaba en una pequeña tienda de la calle Ramón y Cajal, de Bilbao. A Juanra Regúlez y compañía les conocía de los conciertos con Charly Ahedo y los Thuggs, o antes de que fueran estos. Así que de vez en cuando solíamos pasar por ahí a tomar unas cervezas y a fumar algo, y de paso aporrear instrumentos y hacer una jam. El ambiente que se respiraba en ese local era de compañerismo, de buen rollo, onda comuna. Es decir, te encontrabas con un montón de gente presenciando el ensayo entre amigos y novias, con largos momentos de relajo, causados fundamentalmente por el buen feeling entre ellos y por que no decirlo, el hachís y hierba de calidad que se podía conseguir por aquellos días. Así que no era difícil que te invitaran a participar en alguna canción o improvisar un poco.

De izda a dcha: Luis Regúlez, yo, Juanra Regúlez e Isi García.

De izda a dcha: Luis Regúlez, yo, Juanra Regúlez e Isi García.

Recuerdo una vez que tocando con ellos en su local, cogí el bajo de Luis Regúlez, por aquel tiempo un Ibanez modelo Rickenbacker, y nada más llevar un par de minutos tocando, le rompí una cuerda. Pues bien, lejos de darme una hostia, ya que era la segunda vez que se lo hacía, le entró la risa y se empezó a descojonar contagiándonos a todos. Ese era el punto que se respiraba por aquellos días, no pasa nada, se pone otra y ya está. Yo era bastante, no bruto, sino enérgico tocando el bajo. Cuando aprendes a tocar con una Jomadi en tus manos, desarrollas una fuerza especial en las manos y en los dedos. Al pasar a otra guitarra de gama mas alta y mejor fabricada, tienes que aprender a tocar más suave para sacarle el sonido más óptimo. Como atenuante diré que en la mayoría de los bajos del personal, las cuerdas se aguantaban hasta que se quedaban roñosas y se rompían, ya que eran mucho más caras que las cuerdas para guitarra. Y yo cuando cojo un bajo y toco rock, pues toco rock, con cojones. Así que era normal que me anduviera cargando algunas cuerdas cuando estaban roñosas, sobre todo en las guitarras de los demás. Curiosamente, las cuerdas de mi bajo aguantaban bien porque tengo la suerte de que no me sudan las manos cuando toco.

Que yo recuerde, fue el primer grupo que se compró buenos instrumentos y un equipo de sonido. Es decir, mientras que los demás estábamos tonteando con la música, Fase ya se lo estaba tomando en serio. Todos pusieron de su bolsillo para los gastos y todos arrimaban el hombro para montar el set de directo, con aquellos enormes cajones de graves que había que llevarlos, ponerlos, tocar, quitarlos y guardarlos en la lonja a las tantas de la madrugada, ejercicio que venía muy bien para quemar las birras que te habías bebido en ese bolo, pero que te dejaba para el arrastre. Juanra se compró una Gibson Les Paul negra de tres pastillas. Su primo Luis Regúlez un bajo Precision Bass de Fender, Iñaki Urkiza, muy hábil y con sonidazo, una Gibson SG e Isi Garcia una batería Pearl, si mal no recuerdo. Los demás andábamos con Jomadis, tanto amplis como guitarras, con su cuota de calambrazos; Sinmarc, si tenías suerte o algo de pasta (estos ya los fabricaban con toma de tierra, con lo cual desaparecían las posibilidades de palmar electrocutado) y baterías Honsuy, que generalmente acababan en un set con piezas de otras baterías (era raro ver a alguien que tuviera todas las piezas de su batería del mismo color). Cómo no ibas a dejarte caer por ahí, si querías catar una guitarra de verdad.

Iñaki Martínez y Juanra Regulez.

Iñaki Martínez y Juanra Regulez.

Fase funcionó durante algunos años con auténticas rotaciones en sus filas debido a la “mili” que por aquel entonces, finales de los 70, era obligatoria. A medida que iban desapareciendo miembros se sustituían por otros. Iñaki Martinez sustituyó a Luis Regúlez al bajo. Su hermano Rolan, que más tarde fundaría Crisis, sustituyó a Iñaki Urkiza y aún tuvieron tiempo de incorporar a un teclista, Juan Carlos Camarasa, un tipo curioso fallecido en 2010 y del que la Wikipedia da detalles de su vida como músico, cuando el estilo de la banda giró hacia lo sinfónico. Yo le conocí porque algunas noches rulé por ahí con él y podría decir que era un alma cándida, entregada totalmente a la música y sin reverso tenebroso, y que poseía una poderosa voz de soprano. Un día me lo encontré años más tarde en Madrid, tocando un teclado enfrente de Galerías Preciados, cerca de Callao, en la calle y con un frío de narices, con un aspecto lamentable más espiritual que físico. Creo que nos reconocimos pero de la impresión que me dio verle de esa manera me corté de saludarle. Tan sólo un par de años antes me estaba contando sus planes y los contactos que tenía en el mundo discográfico para triunfar con su música. Un aviso, otro más, de cómo creemos que pueden ser las cosas y como acaban siendo en este negocio.

Fase probaron fortuna con un single cuya cara A sería “K Sangre de cristal” pieza que les dio cierta popularidad en el entorno musical. La canción estaba dedicada a un tipo que se enganchó al caballo y que murió joven. Casualmente le llegué a conocer personalmente, porque era de mi colegio. Un buen tipo, un poco cabra.

Mal asunto, la heroína. Entró como un tsunami y se llevó a unos cuantos por delante, algunos de ellos buenos tíos y mejores músicos, cuando no te convertía en un auténtico hijo de puta apestado por todo el mundo. Así empezaron los 80, y ahí estaban los Fase para contarnos la parte hermosa y cruda de la juventud con su rock pesado y poderoso, siempre liderados, con o sin escayola, por el inquieto Juanra Regúlez, el rítmica que todo grupo de rock debería tener en sus filas.

Érase una vez…

Publicado por Edu Basterra el 3 de diciembre de 2013 en: Novedades

Algunos apuntes de aquellos años (I)
Gain Estudio

La primera persona que me produjo una canción fue Enrique Quintana, que tenía junto a otros tres socios un pequeño estudio de grabación en un garaje de Berango (Bizkaia). A Kike le conocí en el instituto Unamuno. Coincidimos en la misma clase, aunque yo era un año mayor que él, pero 6º Bachiller se me atragantó bastante, así que conocí a tres generaciones diferentes de estudiantes y pronto descubrí que también escuchaba rock al verle llevar un par de LPS de Uriah Heep bajo el brazo.

Kike en el Baldos.

Kike en el Baldos.

Por aquel tiempo era normal el intercambio de libros y discos entre amigos. Hasta ese momento, un mocoso más de los que vienen por detrás tuyo en edad. Nos hicimos amigos a cuenta de la música, aunque no íntimos porque a esas edades tu sigues con los amigos de tu quinta (alguno de ellos conocedor de esas mismas tres generaciones) y el contacto no era tanto. Supongo que yo le miraría un poco como “Eh chaval, que te llevo 40 LPS de ventaja”, ya que un año de diferencia a esas edades da para escuchar muchos discos. El caso es que nos hicimos amigos. Él siguió aprobando y yo suspendiendo y no nos volvimos a ver hasta dos años después, que coincidimos en la Facultad de Periodismo, aunque para entonces era él el que me llevaba dos cursos de ventaja.

Kike, hasta el momento del reencuentro, ya había pasado por un par de episodios significativos en su nueva etapa como locutor en Radio Popular, trabajo que compaginaba con los estudios de Ciencias de la Información. El más conocido fue el que acabó con su participación en dicha emisora: Resulta que le echaron por pinchar “Me gusta ser una zorra” de Las Vulpes. Con la Iglesia hemos topado. Para entonces ya se había hecho con el manejo de la mesa de mezclas y estaba preparado para grabar grupos. Fundó con otros tres socios Ganga Records y el estudio Gain. Por allí pasaron grupos como Fase, Médanos de Singapur, Exodo, Cómo Huele, Isidoro y su Colección de Puertas Plegables, Nueva Religión, In Extremis, además de Amas de Casa, que era mi banda con la que grabé allí “Siéntelo”, nuestro único “éxito” por decirlo de alguna manera, ya que esta canción sonó durante un mes en los “40 Principales” sección Grupos Locales o Maquetas Locales. Con el sello, se publicaron discos de Cómo Huele, La Otxoa, Karraka, y alguno que otro de coros y ochotes.

Después de aquellos años, en los que Ganga Rds no llegó a fraguar, Kike se fue a Madrid y trabajó en estudios de grabación y haciendo sonido directo para Julio Iglesias, Iván, Orquesta Alcatraz, Juan Pardo, Rubi y Los Casinos, Mocedades, Massiel, Camilo Sesto, Barón Rojo, Chiquetete, Rocío Jurado y gente de ese nivel, o bien grabando para ellos. Tanto esfuerzo tendría su premio consiguiendo un Goya al mejor sonido para la película “Todos a la cárcel” de Berlanga, además de otros premios no menos importantes, aquí, en Sudamérica y para la BBC y en el Festival de Venecia.

En el Bal2.

Ahora regenta un pequeño y curioso bar en el barrio de Uríbarri, en Bilbao, llamado bal2 (o Baldos, como prefieran) en la calle Monte Arno 1. Y digo curioso por la entrada del bar, que está en calle cuesta abajo pero que todavía conserva el rellano horizontal formando un muro con la acera, en donde puede poner un par de mesitas fuera para disfrutar de las noches de verano. Su decoración es bastante singular, está llena de pantallas de televisión con diferentes emisoras en funcionamiento entremezcladas con objetos kitsch pero sin que parezca Las Vegas, los sofás son cómodos y la luz agradable. Hay lectura, dardos, juegos de mesa y algún recreativo. El volumen de la música es tolerable, se puede hablar y los discos que pone abarcan un gran abanico de estilos que distribuye como un experto Dj a lo largo de la jornada. No tiene pintxos en la barra, pero te puede sorprender a las 2 de la madrugada con unas tostas de jamón o unos txipirones encebollados. La clientela, de barrio, pero variopinta y respetable y los precios populares. Altamente recomendable.

Érase una vez…

Publicado por Edu Basterra el 20 de noviembre de 2013 en: Novedades

Soy fan de King Crimson

Portada del primer álbum de KC.

Portada del primer álbum de KC.

La primera vez que fui consciente de oír a King Crimson fue en casa de Rafa Aranguren, que tenía una considerable colección de lps, a mediados de los 70. Sonaban los primeros compases de “The Great Deceiver” y me quedé impresionado de la fuerza que tenía ese sonido. Mas adelante fui descubriendo que todos los álbumes que tenían publicados hasta entonces tenían la misma estrategia: Un primer tema contundente donde dejaban claro lo crudo de sus armonías y una propuesta rítmica totalmente alejada del rock convencional, para después seguir con la más dulce de las melodías en el segundo. A partir de ahí, todo un mundo de texturas y formas. En definitiva, estos tíos no se andaban con bromas. La música de KC sólo suena a KC, aunque se deja entrever detalles que nos recuerdan a los Beatles, a Hendrix, a Debussy y Ravel, a Bela Bartok, Holst y otros grandes del impresionismo de primeros de siglo XX.

Fripp en la actualidad.

Fripp en la actualidad.

Cuando hablamos de KC siempre va unido el nombre de Robert Fripp, el único miembro que ha permanecido en todas y cada una de las reencarnaciones de la banda inglesa. El denominador común de todas las energías que confluyeron en su formación y desarrollo. El hombre paciente y sabio que sabe retirarse a un lado cuando no hay energía útil que ofrecer. El genio que empieza de cero cuando es consciente que los ciclos también acaban. Lejos de cualquier estereotipo de rock star, Fripp es un guitarrista y compositor excepcional, generoso y visionario, pero con los pies en la tierra.

Qué me atrae de esta banda y de su principal referente, el señor Fripp, La Vieja Cabra como él mismo se hace llamar. Lo primero de todo, que es un músico disciplinado, perfeccionista y con un absoluto dominio de su instrumento, y sobre todo, honesto y coherente. Cuando el resto de sus contemporáneos estaban repitiendo la misma fórmula y disfrutando del éxito del dinero y la fama, nuestro amigo Fripp estaba lidiando con las tensiones internas de su propia banda –hay que recordar que a pesar del inmenso éxito de su primer álbum “In the Court of the Crimson King” la banda no duró ni un año junta, hecho que se volvería a repetir en los primeros trabajos-, con la estafa de su productora EG Records –años más tarde descubrió que le estuvieron robando mucho dinero- y con su propio concepto del saber estar en el negocio –nunca realizó la menor concesión al mercado y siempre tocó la música que él o su banda quisieron- con las consecuencias que ello supone.

Con el mítico Bill Bruford.

Con el mítico Bill Bruford.

Lo segundo es su música, sus canciones, sus piezas instrumentales. Destaca el amplio rango de sensaciones que reúne su obra. Desde la virulencia más cruda al poema más bello, del caos al orden, del pesimismo a la esperanza. La calidad de todos los miembros que han estado alguna vez en la banda, que ya van por 27, y que contribuyeron a crear ese sonido tan especial que hace perfectamente reconocible a KC a pesar de sus diferentes etapas.

Es conocido su concepto para afrontar la música y mantenerse a flote en el negocio: convertirse en una Unidad Inteligente y Móvil, filosofía que llevó a cabo para poder subsistir sin renunciar a sus principios (y que he adoptado yo mismo sin ningún tipo de disimulo para poder hacer lo mismo en tiempos de crisis) y lo que recuerdo haberle leído en alguna entrevista, que la música está ahí, flotando alrededor tuyo, pero que tienes que estar en un estado concreto para poder capturarla y preparado técnicamente para que salga con fluidez. Me encanta.

Saber que también es un tipo inteligente, sensible y con mucho sentido del humor. La gente puede leer sus diarios, publicados en la red a través de su web de Discipline Global Mobile, en donde puedes enterarte de sus inquietudes intelectuales, su visión del negocio y otras particularidades más cotidianas.

Epitaph

Un genio, una auténtica estrella en el firmamento del rock mundial, pero humilde y entrañable. Es a esta gente a la que hay que comprarle los discos e ir a sus conciertos. No te va a dar lo que tú quieres, o sí, pero lo que te da no te lo pueden dar más que él y su maravillosa banda, King Crimson.

Robert Fripp en los comienzos.

Robert Fripp en los comienzos.

Érase una vez…

Publicado por Edu Basterra el 6 de noviembre de 2013 en: Novedades

Los Thuggs

Los Thuggs fueron una banda de rock de mediados de los 70, que se movían entre Bilbao y Plentzia, dos localidades costeras del norte de España. Por aquel entonces que hubiera una banda de rock no era tan usual. El país estaba sumergido en una dictadura que agonizaba, y como tantas otras cosas, el rock estaba también mal visto. No obstante, nada impidió a este grupo subsistir durante algún tiempo.

Txarly a lo Hendrix

Txarly a lo Hendrix.

Había otras bandas más por supuesto. Seguimos hablando de mitad de los 70. Por cada colegio o instituto, en cada curso hubo intentonas para formar un par de bandas al año, algunas con un solo día de existencia en su haber. El hecho es que en algún colegio dos o más individuos estaban en algún momento fraguando algo y así surgieron los Thuggs, nombre que encerraba algún secreto o demonio y creo que lo escribían así, si no, ya me corregirán.

El alma del grupo era Txarly Ahedo, el guitarra solista, que se encargaba de buscar local y bolos. Pero destacaba sobre el resto de los guitarristas de los otros grupos porque él tuvo una Gibson que alguien le dejó un par de semanas, que no tenía nadie en las otras bandas. Un día la trajo a casa de Rafa Aranguren, y la recuerdo dorada, una Les Paul Golden. Era la primera vez que yo veía y palpaba una Gibson. Txarly, que era hábil con los punteos y nunca fuera de la “pentatónica”, también era vocalista. Una de sus virtudes en los solos es que sabía tocar como Hendrix cuando este se ponía la guitarra por detrás en el cogote y cómo no, cuando lo hacía con los dientes. Que yo recuerde le acompañaban Juanra Regúlez a la rítmica y su primo Luis Regúlez, al bajo. Una escudería de lujo, ya que estos dos últimos formarían más tarde el legendario Fase, el mejor grupo de hard rock que hubo por aquellos tiempos, con permiso de los demás. Quizás Txerra Tubet estuviera con ellos a las voces por aquel entonces. Pero en el asunto de la batería es donde más llamaba la atención.

Con Txarly Ahedo en alguna romería.

Con Txarly Ahedo en alguna romería.

La banda tenia tres baterías que iban turnándose a lo largo del repertorio. Ketxu Gorordo, el difunto Aníbal Panizo y quizás, Isi García (éste sabía tocar). Era curioso porque después del primero que no tocaba nada mal, salía el segundo que era malo de cojones para dejar paso a un tercero que era peor. Supongo que en estas circunstancias, lo que primaba era la amistad, la auténtica amistad por encima de todo. Todos tocamos en la banda aunque no tengamos el mismo nivel. Así que los temas del repertorio empezaban con caña y acababan lentos o muy rápidos y con el ritmo de la batería completamente cruzado, hecho que les dio cierta popularidad cuando el punk, movimiento que venía pegando fuertemente en Inglaterra por esas fechas, invadió la escena musical del momento. La última vez que les ví tocar fue en el colegio Alemán, con un montón de gente bailando pogo en las primeras filas.

En la casilla.

En la casilla.

Se acabó una etapa, maravillosa y con una inmensa paleta de colores, y comienza otra, cruda y rabiosa, dispuesta a devorar cualquier vestigio del pasado con nuevas consignas y alternativas. Y sacar tajada del negocio, ya puestos.