Érase una vez…

Publicado por Edu Basterra el 28 de enero de 2014 en: Novedades

Las tiendas de discos

Si hay un ecosistema donde me he sentido a gusto es en una tienda de discos. En Bilbao, en los 70, había muchas tiendas repartidas por la ciudad: Vellido, en la plaza elíptica, que tenía en la parte de abajo venta de instrumentos; Quintana, justo a la vuelta de la esquina, a 20 metros; Tango, donde te tumbabas en un sofá para escuchar el disco que querías oír mientras te comías unos caramelos que había en unos tarros; Oxford, en un soportal de Colón de Larreátegui; Power Records, en frente del cine Capitol; Fancy, en Iparraguirre, donde nos reuníamos los amantes de lo sinfónico; Universal, en Ledesma y otras muchas más, algunas realmente especializadas en estilos muy concretos, que ahora no me vienen a la memoria, y también las grandes superficies El Corte Inglés, Galerías Preciados y Simago, por citar tres importantes.

Jon Barrasa de Power Records.

Jon Barrasa de Power Records.

Sin embargo, no todas eran iguales en cuanto a decorado, iluminación y mercancía. No era lo mismo buscar en Galerías Preciados que en la tiendita de la esquina. Éstas últimas solían tener una iluminación más tenue, quizás para concentrarte mejor en la búsqueda del álbum en la estantería, y unas paredes abarrotadas de pósters y portadas de discos míticos. Podías encontrar a los Beatles en cualquier local, pero no todos tenían lo mismo. A veces para dar con tal o cual artista tenías que preguntar y buscar con más precisión. No todas las tiendas se nutrían del mismo almacén. Y es aquí donde entra el factor humano: el responsable del negocio, ya sea empleado o propietario, que te va poniendo al día de lo último que está sonando en Londres o Nueva York, que te guarda el único ejemplar que ha conseguido de una banda que él sabe que te gusta y que sabe que no tienes, siempre en base a tu categoría como cliente.

He conocido a varios dependientes, a cada cual más diferente. El inquieto Rafabilly, de El Corte Inglés, siempre puestísimo en todo lo que suene a swing, boogie y rockabilly; Josu, de Oxford, el hombre que amaba a Ava Gardner y tenía la mejor colección de jazz en el botxo. Felipe López, de la Universal, que me guardaba todas la joyas descatalogadas de Zappa, ahora desaparecido en combate; Bolo, del Cotton Fields, que durante mucho tiempo se encargó de montar festivales con lo mejor del panorama español y algún que otro grupo extranjero en la onda folk; Gonzalo Villanueva, de Fancy, en donde nos reuníamos todos los amantes del rock sinfónico poco después de que éste cerrara la tienda al público. Allí, podías conocer a gente interesante como Javi Cámara, dibujante que trabajaría luego en discos Gong, en el Max Center. De Gonzalo, recuerdo su memoria genealógica de las diferentes bandas  y formaciones y sus entronques, derivaciones y divisiones. Preguntarle por tal o cual disco o artista, qué fue de él o similar suponía que te podía machacar a datos y fechas, con un carrusel de detalles que desconocías, hasta que te dejaba exhausto, cuando no fuera de combate. Su casa estaba enfrente del colegio de los Jesuitas, y cada vez que aparecía por allí para escuchar discos que no veías nunca en las tiendas, solíamos bromear imitando a algún profesor de dicho colegio que tuvimos en común. Su trabajo era metódico en cuanto a la clasificación y ordenamiento del género. Cualquier disco que tu compraras en su tienda tenía un pequeño post-it en la esquina en donde te ponía cosas como “Obra maestra” o “Último álbum en el que trabajó fulano o mengano” escrito de su puño y letra, de una manera tan pulcra, que le pedí que me rotulara los créditos de mi segundo álbum como Teddy Baxter “¿Qué sabes de lo mío?”. Por desgracia, tuvo que cerrar el  negocio y ya le echo de menos, a pesar de las conferencias desmedidas que te daba. Un buen tipo, amante de la música rock en general. Así han sido algunos titulares en este negocio, unos fríos y distantes y otros amables, generosos y dicharacheros. No diría que llegara a la figura de confesor, pero por ahí. “Llévatelo, lo escuchas en casa y si te gusta me lo compras” era una frase habitual si conseguías cierto grado de confianza con el dueño. Por supuesto, si no lo comprabas, lo tenías que devolver impecable, por dentro y por fuera.

Jorge en Flamingo Records.

Jorge en Flamingo Records.

A fecha de hoy, que yo sepa, quedan ya muy pocas tiendas de discos que resistan el paso del tiempo, pero hay dos que quiero mencionar en particular, y que me perdonen los demás si he olvidado mencionar las suyas. Una es Power Records, en la calle Villarías, que ha sufrido varias transformaciones: ha vendido ropa y cómics, además de haber estado en dos sitios diferentes en la misma calle, pero sin dejar de vender música. Jon Barrasa es el que maneja el cotarro, que empezó en la Universal y acabó en Power Records, donde lleva ya mucho tiempo, y que también está muy puesto con el asunto del jazz. Siempre cordial, conoce tus gustos y trata de informarte puntualmente de las novedades que pudieran interesarte. Puedes llevarle tus propios CDs para que te los ponga a la venta. El otro sitio es Flamingo Records, en la calle Esperanza justo al lado del Umore Ona, del que desconocía su existencia hasta hace pocos años que entré para ver lo que tenía. Lo regenta Jorge, otro amante de la música (de hecho ha formado parte de varias bandas) que se resiste a desaparecer. Tiene más vinilos que CDs, y si repasas pacientemente sus estanterías puedes encontrarte con más de una joya en perfecto estado. A veces solo entro ahí para comprobar que no soy el único que piensa que si se hizo algo interesante en el rock, sería hasta el 75. A partir de ahí, sí, hubo cosas, pero con cuentagotas. Una opinión poco objetiva, lo sé.

¿Será difícil ver tiendas de discos dentro de poco? Quién sabe. A veces, lo retro se pone de moda y quizás, volvamos a sentir esa sensación de ver estanterías llenas de discos y de CDs, palparlos mientras buscas un autor o un estilo, bajo la atenta mirada del propietario, dispuesto a que salgas de la tienda con algo bajo el brazo. Para mí, eran como una especie de santuario, en donde podías evadirte durante un par de horas del mundanal ruido, mientras te entregabas a la búsqueda y captura de algún sonido escondido en algún álbum de algún grupo que podrías descubrir y disfrutar durante los siguientes meses de tu existencia.

Como colofón, dos anécdotas, curiosamente las dos en El Corte Inglés. Resulta que yo me había comprado el álbum de Chicago V en la tienda Tango, antes mencionada. En el Corte Inglés, descubrí que el mismo disco llevaba un póster enorme de la banda que no contenía mi ejemplar. No iba comprar el mismo disco que ya tenía, (valían 500 pesetas -tres euros- y me costaba reunir mucho esa cantidad), pero no me apetecía quedarme sin póster, así que decidí mangarlo. Debí de hacer una mala maniobra con el disco, ya que quería meterme el póster debajo del sobaco, con tan mala fortuna que el vinilo se escapó de la funda rodando por todo el pasillo hasta llegar a la sección de perfumería, unos cincuenta metros más allá. Fui corriendo detrás del disco con el brazo pegado al cuerpo porque el póster ya lo tenía debajo del sobaco, y con el abrigo no se notaba. Nadie pareció darse cuenta, ni siquiera los “empleados detectives” que andaban por allí vigilando los robos, así que dejé el disco en su funda y en su sitio y salí por la puerta tranquilamente con el póster debajo del abrigo. Solo fueron 60 segundos, pero me pareció una eternidad.

La otra anécdota es en el mismo sitio. El Corte Inglés me pillaba de camino del instituto a casa, así que los días que salía antes de clase, me pasaba por la sección de discos a escuchar algo para hacer tiempo antes de comer. Por aquel entonces, si tú pedías escuchar un disco, supuestamente antes de comprarlo, tenías que hacerlo cogiendo con las dos manos dos auriculares separados con forma de teléfono antiguo. Es decir, no eran cascos, que te los pones y ya tienes las manos libres. De esta manera tenías que estar apretando continuamente contra tus orejas para poder escuchar la música. Como antes se podía fumar en casi todos los sitios (también en éste), usaba una mano para dar unas caladas al pitillo, que ya serían dos, porque los elepés duraban cerca de 40 minutos. Cuando terminé de escuchar el disco, quise dejar los auriculares en su sitio, pero con la otra mano no pude porque el brazo se me quedó sin riego de sangre al estar tanto tiempo en la misma posición. Recuerdo que llevaba abrigo, jersey y camisa de manga larga y no me los quité para la escucha. ¡Cómo iba a llegar sangre a ningún sitio! Así que tuve que salir con un brazo recogido hacia arriba, porque no lo podía mover del dolor. Estuve disimulando tocándome la oreja y alrededores durante un buen rato hasta que el riego sanguíneo volvió a inundar mi brazo y ya lo pude bajar. “¡Castigo de Dios!”, que diría mi abuela, por haber robado el póster de Chicago V, con el mismo brazo y en el mismo sitio.

Comentarios (5)

  1. Me ha encantado el post, sobre todo porque yo también me siento muy a gusto en ese ecosistema. Josu, de Oxford, me presentó a Georgie Fame, a Dr John, a Randy Newman…. Quintana era muy pero que muy buena…pero en la que más horas pasé en mi niñez y adolescencia fue en Long Play, frente a mi casa, en Gregorio de la Revilla…. el 80% de mis discografía procede de ahí. Me sorprende que no la hayas mencionado. Desgraciadamente, desde hace tres meses en su ubicación hay una tienda de moda femenina. En fin…. Una pena.

  2. La tienda de Bolo y su hermano, Javi, estaba en las Galerias Balparda, se llamaba Woodstock y no recuerdo otra tienda en la que se pudiesen vender y comprar discos de segunda mano.

  3. jajajaja,me ha encantado,edu….no sabia que eras un mangante de posters????,como diria mi abuela ” te castigó el angelito”…..

  4. Me he sentido muy identificado en todo. Y cuando digo en todo es en todo. No voy a negar que yo fuera uno de los últimos macarras que mangaran alguna cosilla en El Corte Inglés, pero nos gustaba la adrenalina.

    En cuanto a mis tiendas favoritas de hace tiempo: Oxford en la que descubrí verdaderas joyas como Steve Forbert, grupos ingleses folk como Trees, Dando Shaft y muchísimas más cosas. Josu era una persona entrañable en su parcela musical; sigo viéndole por Bilbao con su porte elegante, eso no lo ha perdido.

    Ahora mismo suelo visitar Power Records y Flamingo Records, las dos tiendas tienen verdaderas joyas, tanto en vinilo como en cedé, y muchas descatalogadas, se segunda mano, y me encantan estas dos tiendas por el trato humano, puedes escuchar los discos, puedes mirar con tranquilidad. La verdad que me siento en casa.

    Un saludo Baxter.

  5. Si recuerdo Long Play de Campuzano, pero no parecía el dueño un tipo con el que conectabas para hablar de música, quizás estoy equivocado.
    A Josu le recuerdo como tú dices, entrañable y con porte elegante.
    Efectivamente , la tienda de Bolo se llamaba Woodstock, y estaba en las galerias Balparda, ahora Autonomía.