Erase una vez

Publicado por Edu Basterra el 11 de febrero de 2014 en: Novedades

Salones recreativos

Las tiendas de discos no era el único ecosistema donde me movía a gusto. Había otro más insalubre, pernicioso y adictivo: era el de los Salones Recreativos. Locales tipo lonja enorme, a veces subterránea, donde había máquinas de petacos, los famosos pinball; futbolines, billares y ping pong. Todo un mundo de luces, sonidos y olor a sudor y tabaco.

Estaban repartidos por la ciudad aunque su población era parecida en casi todos. Los que jugaban al pinball eran más solitarios, los de los futbolines eran cuadrilla y la gente de los billares siempre con un punto macarra. Era mi visión de entonces, la de un joven imberbe, supongo que nada que ver con la realidad. Me gustaba el futbolín, a pesar de los tíos que paraban la bola con la delantera, y tras unos segundos de suspense, te la metían con un tiro seco y certero con un rápido movimiento de muñeca. Aquello me sacaba de quicio.

jumpinLo mío eran las máquinas de petacos. Podía mostrar un alto nivel de pericia en cuanto les pillaba el truco. Al principio tenías que soltar pasta pero una vez dominada la situación, podías tirarte mucho tiempo sin volver a meter moneda, insert coin. Me las arreglaba para hacer partidas bien por puntos, por especiales o lotería. Totalmente centrado en el juego no me distraía ni con los dibujos de tías macizas que aparecían en el tablero frontal -algunos de ellos verdaderas obras de arte del comic- con motivos que variaban desde deportes y películas hasta personajes de toda índole; y repito, siempre con alguna tía maciza y con muy poca ropa. Está claro que la clientela a la que iba dirigido el juego era masculina.

Hubo máquinas que de tanto usar se les estropeaba algún circuito, de manera que siempre salía el mismo número en la lotería al final de la partida, y te las apañabas para dejar caer la bola al agujero una vez tu marcador quedaba en el número preciso. TAK!!! Ese ruido fuerte y seco me sonaba a música celestial. Otros cinco tiros más para probar tu habilidad con una bola de acero, un plano inclinado y una suerte de obstáculos y pasadizos en donde aprendes a controlar el caos.

En ese maravilloso invento se conjugaban tres grandes disciplinas: La Física, con la que calculabas el peso de la bola, la fuerza y la dirección con la que querías dirigirla y el movimiento de tu cuerpo golpeando la máquina en el momento preciso con un toque ni suave ni fuerte, lo justo para que no te marcara falta o TILT. Las Matemáticas, cuando ibas calculando mentalmente sobre la marcha los puntos que hacías y los que te faltaban para llegar a hacer partida, reflejados en un marcador que se movía con ruedas, una por unidad, decena, centena, etc., y que metían un ruido de campanilla a medida que ibas sumando puntos. Más música celestial. Recuerdo cuando la bola se atascaba entre los bumpers formando un torbellino en todas direcciones. Y por último la Química, cuando necesitabas tirar un escupitajo a la barra que empujaba a salir la bola al tablero y que habían dejado de engrasar. Estas mismas disciplinas se aplicaban en los otros juegos. Ahí si que aprendías Ciencias, coño.

Normalmente todo el mundo convivía pacíficamente, entregado al ocio y la pasión por el juego. Recuerdo un par de conatos de reyerta entre dos bandas rivales, los del barrio tal tratando de salvar alguna afrenta con los del barrio cual, pero nunca fue a mayores. Además, estaba el tipo que regentaba el garito, la mayoría curtidos en peleas y con muy mala ostia, al que no podías andar tocándole los huevos con chorradas. No te cuento cuando te pillaba haciendo trampa o con llaves  de algún recreativo. Bofetón y patada en el culo. Tardabas unos meses en volver por allí, cuando se olvidaban de tu jeta. criterium1

Los salones te ofrecían, además de los futbolines y billares, otros servicios: la máquina de cigarrillos sueltos, que en el sitio dónde yo solía gastar los dineros, te daba uno de marca Yuste, peor todavía que el Celtas, con el papel sin amielar y que sabía mal, por una peseta. La máquina de refrescos, que no era como las de ahora, que pagas y por un agujero te sale la lata. Las que yo conocí eran como una nevera abierta en la que las bebidas, en botellín, iban colgadas de un rail por la chapa. Al meter la moneda quedaba libre una y la cogías. Más de una vez vi a gente que se las bebía con una pajita abriendo allí mismo la chapa, pero sin pagar. Fallo en el diseño.

Y el mejor servicio de todos, la máquina tocadiscos. Otro invento maravilloso, un duro dos canciones. Un ingenioso aparato que te pinchaba los discos por las dos caras, ejerciendo la aguja sobre los vinilos, todos 45 rpm, una presión superior a la normal a efecto de que no se saliera ésta del surco y sonara la pieza entera. Nada que ver con las Juke Box americanas en cuanto al diseño. Más toscas y con poco adorno. Las portadas de los singles y poco más. Pero sonaba de todo, suave, fuerte, melódico y rocanrol, y te ponías al día de los éxitos en otros estilos que no iban contigo. Ahí empezaron a gustarme tipos como Cat Stevens, Dylan, Don McLean, gente que no me atraía, a fuerza de escuchar repetidamente todas las veces que aparecías por allí. Un punto de encuentro interesante, metías tu duro, escuchabas tus dos canciones y todas las demás que los demás ponían, a veces repitiendo las tuyas.

Por aquellos días estaba de moda el Glam, así que sonaban una detrás de otra canciones de Status Quo, Sweet, Alice Cooper, Gary Glitter, Suzy Quatro, Slade, Wings, además de los antes citados. Ya comenté que en estos sitios no había chicas o había muy pocas, así que toda mi actividad sexual, que ya llevaba mucho tiempo despierta, se limitaba a tener ensoñaciones con la portada del single de Suzy Quatro que adornaba el cristal de la máquina de discos. Bajista, guapa y con un cuerpo sexy, enfundada en un traje de cuero que daba pecado de solo mirarlo. Jugar al pinball, hacer partida y escuchar a Slade y los Wings mientras te fumabas un cigarrito (allí no iban a buscarte tus padres) era lo más parecido al paraíso que conocía por aquel entonces.

Perdí interés cuando empezaron a diseñar máquinas más complejas, con muchas chorradas tipo ahora te salen cuatro bolas de golpe, ahora va por un túnel y te sale por vete tú a saber dónde. Los sonidos y los números, digitales. No sacas tú, te sale la bola siguiente dando a un botón, con lo cual no puedes calcular qué potencia darle. Y todas las luces que aparecen en el frontis, donde ves el marcador, se reflejan en el cristal del tablero, y no ves una mierda por dónde va la bola. Y olvídate de cinco bolas por partida. Tres y va que chuta.  Ya no mola. Total que me refugié en el futbolín, a pesar de los tipos que paran la bola, y en el billar americano. Mi interés por las Ciencias permanece inalterable.